―Debería enseñarte que soy un hombre, que puedo dominar tu cuerpo a mi antojo, sin embargo… ―Con el gesto agrio, como si hubiera chupado un limón y se le hubiera arrugado la nariz, me empujó contra la puerta y se alejó―, me das asco, me repugna verte con tus ínfulas de grandeza. Solo sabes ser buena en el sexo, solo sirves para vaciar las pelotas en tu coño estrecho, y nada más.
Mis ojos se abrieron ante su crueldad, una crueldad que nunca mostró.
―De no haber deseado cogerte día, tarde y noche