Mis ojos estaban fijos en su cuerpo recostado en el marco de la puerta, tan alto y fuerte como siempre lo fue. Era una visión del dios del inframundo, con sus ojos celestes refulgiendo, llameando, esos ojos pequeños y expresivos, masculinos, adornados por esas pestañas gruesas y pequeñas que oscurecían más su semblante, que le daban un aire más tentador. Todo en él tenía ese toque oscuro e incitante que suspendía mi alma y me dejaba a su merced. Una de sus cejas gruesas se alzó y ladeó su cabez