Alejandro llegó sin avisar.
No hubo llamada previa, ni mensaje, ni ese acuerdo tácito que habían construido en los últimos meses para preparar las ausencias y los regresos. Simplemente apareció. Un golpe suave en la puerta, a media tarde, cuando el sol entraba inclinado por las ventanas y la casa estaba envuelta en ese silencio tibio que acompaña a quienes viven esperando.
Emma estaba sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas y un libro abierto que no estaba leyendo. Había aprendido a