No era un silencio incómodo, ni vacío. Era ese tipo de quietud que solo existe cuando todos duermen y el mundo parece contener la respiración. Emma permanecía sentada en el borde del sofá, con una manta ligera sobre las piernas y una taza de té ya frío entre las manos. No recordaba cuánto tiempo llevaba allí. Solo sabía que no tenía sueño… y que tampoco quería acostarse.
Sofía dormía en su habitación, abrazada a una almohada demasiado grande para su cuerpo. La respiración regular de la niña era