Emma estaba doblando ropa en la habitación cuando sintió el mareo.
No fue fuerte, solo ese pequeño aviso silencioso que su cuerpo le enviaba últimamente. Se apoyó en el borde de la cama y respiró hondo, una mano instintivamente posándose sobre su vientre.
—Todo está bien —se dijo en voz baja.
La casa estaba en calma. Sofía dormía la siesta con su hermanita, y el mar, a lo lejos, golpeaba la costa con una constancia casi hipnótica. Era una tarde cualquiera. Tranquila. Predecible.
Por eso, cuando