La noche había caído sobre la ciudad con una calma engañosa. Las luces cálidas de las farolas se reflejaban en el pavimento húmedo y el aire traía ese olor particular de las ciudades europeas después del atardecer: piedra antigua, hojas mojadas, promesas no dichas.
Emma cerró la puerta del apartamento con cuidado. Alejandro ya estaba dentro. No sentado, no relajado. De pie, junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y la espalda rígida.
Ella supo, en el instante en que lo vio, que no ib