La ciudad parecía distinta cuando se la recorría sola.
No más peligrosa, no más fría.
Solo distinta.
Emma caminaba despacio por la avenida bordeada de plátanos, con el cochecito de la bebé empujándose suave frente a ella y Sofía caminando a su lado, distraída contando los pasos entre las baldosas. Era una tarde clara, de esas en las que Europa parecía detenida en una postal perfecta: terrazas llenas, conversaciones bajas, copas brillando al sol.
Alejandro llevaba tres semanas en otra ciudad.
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