La casa quedó demasiado grande el día que Alejandro se fue.
No era silencio absoluto, porque Sofía hablaba sin parar y la pequeña —todavía torpe, todavía descubriendo el mundo— llenaba los espacios con risas y juguetes. Pero para Emma, el silencio tenía otra forma: estaba en la ausencia del peso de Alejandro en la cama, en el café que ya no compartían al amanecer, en las noches en que el cuerpo lo buscaba por costumbre.
El acuerdo había sido claro.
Temporal.
Necesario.
Por el bien de todos.
Aun