La casa seguía oliendo a café recién hecho y a pan caliente cada mañana. Emma se había acostumbrado a ese ritual europeo sin darse cuenta: levantarse temprano, abrir las ventanas, dejar que el aire fresco entrara mezclado con el sonido lejano de bicicletas y conversaciones en otro idioma. Era una vida tranquila. Demasiado tranquila, quizá.
Sofía estaba sentada en la mesa del comedor, dibujando con concentración absoluta, mientras la pequeña Emilia dormía en su moisés cerca de la ventana. Tenía