El camino hacia el supuesto refugio era un manto de sombras que parecía devorarlos a cada paso. La camioneta avanzaba lenta, con los faros cortando apenas un trozo del asfalto húmedo por la lluvia de la noche anterior. Dentro, el silencio pesaba como plomo, solo interrumpido por el rugido del motor y el repiqueteo constante de los limpiaparabrisas. Alejandro conducía con los nudillos apretados contra el volante, la mirada fija al frente, como si con la sola fuerza de su voluntad pudiera mantene