El amanecer los sorprendió en las afueras de la ciudad, donde las luces eran pocas y el silencio lo devoraba todo. La camioneta se detuvo frente a un viejo galpón abandonado, con las paredes cubiertas de grafitis y ventanas rotas que parecían ojos vacíos. Julián aseguró que era un buen lugar para ocultarse unas horas, y aunque nadie estaba del todo convencido, el cansancio pesaba demasiado como para discutir.
Dentro, el aire olía a óxido y humedad. Había restos de maquinaria olvidada y cajas de