La madrugada tenía un silencio extraño, como si la ciudad misma contuviera la respiración. El apartamento permanecía en penumbras; todos descansaban después de una noche agotadora. Emma dormía recostada en el pecho de Alejandro, envuelta en sus brazos como si fueran un refugio. Lucía, en el sofá, mantenía el maletín apretado contra sí incluso en sueños. Mateo y Clara dormían en la habitación contigua, y por primera vez en días, parecía que la calma les había concedido un respiro.
Pero afuera, e