El amanecer se filtraba tímido entre las cortinas, tiñendo de dorado el apartamento. El aire olía a café recién hecho, pero la calidez de la rutina era apenas un disfraz: todos sabían que la calma era frágil, un espejismo a punto de romperse.
Alejandro estaba de pie junto a la mesa, el colgante de Lucía aún reposando sobre la madera. Lo había observado durante horas, incapaz de apartar los ojos de ese objeto que era al mismo tiempo un recuerdo y una herida. Su mandíbula permanecía tensa, sus de