La madrugada aún no llegaba. El hospital permanecía en un silencio artificial, roto solo por los pasos de enfermeras que recorrían los pasillos y el murmullo lejano de un televisor encendido en la sala de guardia.
En una de las habitaciones más apartadas, Emma descansaba recostada en la cama, con la piel aún pálida por el disparo y los días de tensión acumulada. Alejandro estaba sentado a su lado, con la mirada fija en ella, como si temiera que al apartar los ojos algo pudiera arrebatársela de