La noche en la ciudad parecía más pesada que nunca. Emma se acomodó en la silla de madera del pequeño despacho donde Mateo había desplegado carpetas, discos duros y notas manuscritas de Alejandro. El olor a papel viejo mezclado con café recién colado llenaba la habitación, creando una atmósfera cargada, como si hasta el aire supiera que algo trascendental estaba a punto de descubrirse.
Mateo, con el ceño fruncido y las gafas apoyadas en la punta de la nariz, hojeaba un expediente con rapidez.
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