La lámpara vieja del despacho iluminaba apenas lo suficiente para que Emma y Mateo pudieran leer entre las carpetas apiladas. El olor a papel húmedo y tinta vieja impregnaba el ambiente. Los documentos que Alejandro había recopilado estaban ordenados con precisión, pero también escondían horrores que Emma apenas podía digerir.
Mateo pasó una hoja tras otra, con el ceño fruncido. —No puedo creerlo —murmuró—. Alejandro estaba mucho más adelantado de lo que pensé.
Emma, sentada frente a él, se inc