El hospital estaba sumido en un silencio extraño, interrumpido solo por los pasos apresurados de alguna enfermera o el pitido regular de las máquinas en las habitaciones cercanas. El aire olía a desinfectante, un aroma punzante que a Alejandro le resultaba insoportable, como si cada inhalación le recordara su fragilidad.
Reclinado en la cama, fingía dormir. La venda sobre su frente todavía le dolía y sus costillas, al respirar profundo, ardían como si se abrieran de nuevo. Pero nada de eso lo d