El amanecer llegó húmedo y gris, con el aire cargado de salitre. Desde la ventana de su cuarto, Emma vio cómo la bruma se extendía sobre el jardín, cubriendo las flores que había plantado días atrás. El rocío parecía apagar los colores, como si el mundo entero se escondiera bajo un velo. Aun así, Daniel corría descalzo por el césped, persiguiendo mariposas torpes que apenas podían volar con tanta humedad.
Emma sonrió con ternura, aunque la sonrisa se quebró pronto. Desde la noche anterior, el a