Capítulo 21

El castillo había aprendido a respirar distinto desde que Emma llegó. Las ventanas, antes cerradas, amanecían entreabiertas; las cortinas dejaban pasar franjas de luz; y en el patio, donde solo crecían sombras, ahora había hileras de flores jóvenes con nombres que Daniel repetía en voz baja, como si fueran conjuros: “lavanda, romero, alhelí”. La casa, sin embargo, volvió a encogerse cuando Isabela reapareció con su discreto séquito: un chofer, una dama de compañía que nunca hablaba, y dos malet
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