El aire fresco de la mañana entraba por los ventanales abiertos del comedor. Daniel revolvía distraídamente su taza de leche, hundiendo la cuchara como si buscara respuestas en la espuma. Emma, con el delantal puesto y un mechón suelto cayéndole sobre la frente, colocaba sobre la mesa un plato de panecillos recién horneados. El aroma dulce y tibio impregnaba el ambiente.
—Hoy toca empezar bien el día —dijo ella, con una sonrisa suave, mientras servía una jarra de jugo.
Alejandro, sentado al otr