Los preparativos comenzaron días antes del amanecer.
El jardín del viejo castillo, ahora restaurado y convertido en una extensión del refugio, se transformaba cada día en un escenario de flores, luces y telas blancas que danzaban con el viento.
Lucía se encargaba de la logística; Daniel y Nora corrían entre los pasillos ayudando a colocar lazos en las sillas; y Alejandro, por primera vez en años, no estaba pensando en proteger, huir o planear: solo esperaba el momento en que Emma caminara hacia