El amanecer no trajo calma, sino una sensación de resaca emocional. La casa estaba en silencio, pero no en paz. Lucía preparaba café sin probarlo, Alejandro revisaba mensajes en el teléfono con expresión grave y Emma caminaba de un lado a otro, incapaz de sentarse.
Daniel aún dormía, exhausto después de la noche anterior. Emma lo había dejado descansar, pero cada tanto subía a verlo, como si temiera que al apartar la vista por un segundo él desapareciera otra vez.
Lucía rompió el silencio:
—No