Las voces se mezclaban en el comedor como una sinfonía suave: cucharas golpeando los platos, la risa de Nora, el murmullo sereno de Lucía dándole indicaciones a los demás chicos. Solo Daniel parecía fuera de tono. No reía. No hablaba. Jugaba con un trozo de pan entre los dedos, desmenuzándolo en silencio.
Emma lo observaba desde el extremo de la mesa. La expresión del niño era distinta, ensombrecida, como si algo se hubiera apagado en él. Cuando intentó sonreírle, Daniel bajó la mirada y se con