El día amaneció con un silencio inusual.
No había discursos ni cadenas oficiales, solo el eco de una ciudad que había despertado diferente. En las pantallas de todos los canales, el rostro de Fernando Salvatierra, esposado y escoltado por agentes internacionales, se repetía una y otra vez. Los titulares eran una mezcla de asombro y alivio: “Fin de una era”, “El hombre que cayó desde su propio poder”.
Emma observaba en silencio desde la ventana del hospital provisional donde habían atendido a lo