La casa olía a pan recién hecho y flores blancas.
No era una mansión ni un castillo, pero para Emma tenía el valor de todo lo que había soñado y nunca creído posible. En el suelo había muestras de telas, tarjetas con posibles invitaciones, una libreta abierta donde Nora garabateaba nombres de flores para el ramo.
—Yo digo que las rosas son aburridas —dijo la niña, frunciendo el ceño—. Mejor margaritas, son más felices.
Emma rió, recostándose sobre la mesa.
—¿Más felices?
—Sí, porque parecen sol