El amanecer llegó como una burla. La ciudad despertaba con sus ruidos habituales —bocinas lejanas, pasos en las aceras húmedas, el murmullo de un mercado abriéndose—, pero en la televisión, en la radio y en cada maldito portal digital, la voz de Arturo Salvatierra dominaba el aire.
Los noticieros transmitían en cadena nacional su rueda de prensa: el político, impecablemente vestido, su cabello peinado al milímetro, el rostro pétreo pero con esa seguridad seductora que lo había convertido en líd