El bosque, bajo el manto de la noche, era un laberinto de sombras y sonidos quebradizos. Cada rama que se rompía bajo el peso de una bota enemiga, cada destello de linterna, cada ladrido lejano de los perros de Arturo, era un recordatorio de que el tiempo corría en su contra.
Lucía y Mateo corrían juntos, jadeando, guiados únicamente por la determinación de alejar a los hombres de Salvatierra de Emma, Alejandro y el pequeño Daniel. Las balas zumbaban cerca de sus oídos, rompiendo ramas y levant