El amanecer entraba apenas en la cabaña, filtrándose por los huecos de las tablas carcomidas. La luz gris iluminaba los rostros exhaustos, las ropas ensangrentadas, el polvo pegado a la piel. Nadie hablaba al principio; el silencio era un alivio, un paréntesis después del infierno de la persecución nocturna.
Alejandro se dejó caer contra la pared de madera, con la camisa rota y la sangre manchando su hombro. Emma, con las manos temblorosas, se arrodilló frente a él.
—Déjame ver —pidió en un sus