El bosque había caído en un silencio opresivo, mientras nos dirigíamos al Aquelarre. Leónidas caminaba al frente, sosteniendo a Esmeralda. No habló mucho, pero su presencia era imponente, casi como si estuviera en su propio campo de batalla.
Yo, en cambio, no soltaba a Emily. Mi cuerpo seguía tenso, mi mente en un estado constante de alerta, mientras la cargaba entre mis brazos. La piel pálida, las pequeñas gotas de sudor en su frente y la respiración débil eran un recordatorio constante de la