Después de todo lo que habíamos sufrido, de las batallas libradas y los miedos que nos habían rozado la piel como sombras que no se querían ir, allí estábamos: Arthur y yo, al fin juntos, despojados no solo de ropa sino de las barreras que el dolor y la incertidumbre habían levantado entre nosotros.
Sus brazos me sostenían con una firmeza que hablaba de protección, de que estaba dispuesto a enfrentar cualquier tormenta por mantenerme a salvo. Sentí su calor derritiendo las capas de distancia qu