Los años no se detenían, y con ellos, el pequeño Azael creció hasta convertirse en el alfa indiscutible de la manada y el aquelarre. Había heredado más que sangre; había tomado el poder de la tierra, el susurro de los antiguos y la fuerza inquebrantable de quienes lo precedieron. No era sólo un lobo o un brujo; era el trihíbrido, una criatura única, capaz de dominar los elementos que le corrían por las venas.
En sus ojos ardía el fuego de Alaric, el poder ancestral que su padre, Arthur, había m