El peso de Emily en mis brazos era ligero, pero el peso en mi pecho era sofocante. Cada gota de sangre que se filtraba de sus heridas me encendía la furia. La había visto luchar con todo lo que tenía y desafiar a Alaric con un coraje que pocos poseían, pero ahora estaba aquí, débil y vulnerable, mientras esa bestia huía como un cobarde.
—Leonidas, no tenemos tiempo —gruñí mientras ajustaba mi agarre sobre Emily.
Leonidas ya tenía a Esmeralda en brazos. Su rostro estaba marcado por una mezcla de