La respiración me ardía en la garganta, como si estuviera inhalando brasas. Cada movimiento era un intercambio de carne y sangre. La daga pesaba más a cada instante, y la mirada de Alaric no tenía ni un destello de cansancio.
Sangre mía manchaba su túnica, y la suya ennegrecía el barro bajo nuestros pies. Aun así, ninguno cedía un paso más de lo necesario. Era como luchar contra un espejo que aprendía de cada golpe, que respondía con la misma furia y precisión.
El sonido metálico de las armas c