El filo de la daga latía en mi mano como un corazón robado. Cada pulsación enviaba un cosquilleo gélido por mi brazo, como si el arma no solo estuviera viva, sino que supiera exactamente a quién debía reclamar al final de todo esto.
Alaric me observaba desde unos pasos más allá, con los brazos relajados a los costados, como si la simple presencia de su magia fuera suficiente para aplastarme. La niebla se arremolinaba en torno a él, obediente, abrazando su silueta con un movimiento serpenteante.
—Si piensas que esta vez será diferente, Arthur… —dijo, con esa voz que mezclaba burla y veneno—, te aseguro que morirás decepcionado.
No respondí. No había palabras que valieran más que el primer golpe.
Me lancé hacia él.
La daga descendió en un arco rápido, buscando su garganta, pero Alaric se movió con la fluidez de una sombra, esquivando y girando a mi espalda. Sentí el aire cortado por su contraataque: una hoja negra, casi líquida, rozó mi mejilla y dejó tras de sí un ardor que se convirti