El filo de la daga latía en mi mano como un corazón robado. Cada pulsación enviaba un cosquilleo gélido por mi brazo, como si el arma no solo estuviera viva, sino que supiera exactamente a quién debía reclamar al final de todo esto.
Alaric me observaba desde unos pasos más allá, con los brazos relajados a los costados, como si la simple presencia de su magia fuera suficiente para aplastarme. La niebla se arremolinaba en torno a él, obediente, abrazando su silueta con un movimiento serpenteante.