El cielo de Palermo me recibió con una bofetada de calor húmedo, un contraste violento y casi ofensivo frente a la pureza gélida de Siberia que aún llevaba impregnada en los pulmones, mientras el avión tocaba la pista privada, miré a Nikolai, quien yacía en la camilla improvisada con la piel del color de la cera vieja, sus venas, ahora de un violeta oscuro que serpenteaba desde la herida hacia su cuello, parecían querer escapar de su cuerpo, cada una de sus respiraciones era un silbido agónico, una lucha desesperada contra el veneno de mi propia familia que lo estaba apagando como a una vela en medio de una tormenta, me ajusté la cartuchera sobre el vestido negro, un luto anticipado que me negaba a aceptar, y sentí el peso del arma como el único ancla de mi cordura.
—Dimitri quédate con él, si su corazón se detiene, lo traes de vuelta aunque tengas que romperle las costillas, Sergei, tú vienes conmigo, quiero a los hombres desplegados en los campos de olivos, nadie entra y, sobre tod