El cielo de Palermo me recibió con una bofetada de calor húmedo, un contraste violento y casi ofensivo frente a la pureza gélida de Siberia que aún llevaba impregnada en los pulmones, mientras el avión tocaba la pista privada, miré a Nikolai, quien yacía en la camilla improvisada con la piel del color de la cera vieja, sus venas, ahora de un violeta oscuro que serpenteaba desde la herida hacia su cuello, parecían querer escapar de su cuerpo, cada una de sus respiraciones era un silbido agónico,