El viento aullaba entre las rendijas de la vieja madera de la cabaña, un lamento constante que parecía recordarnos que, aunque habíamos ganado unas horas de ventaja, las montañas rusas no perdonan a los intrusos, me encontraba sentada frente a la chimenea, observando cómo las llamas devoraban los troncos con una voracidad que envidiaba, mientras Nikolai, en silencio, limpiaba su arma con una precisión que rozaba lo obsesivo, el calor del fuego empezaba a devolverme la sensibilidad a los dedos, pero el frío que Lorenzo había sembrado en mi pecho con sus revelaciones no se iba a marchar con un poco de leña encendida, el mundo que yo conocía se había desmoronado, y ahora, en la soledad de este refugio improvisado, me daba cuenta de que mi propia sangre me había vendido como un peón en una partida de ajedrez que ni siquiera comprendía del todo.
—Lorenzo no solo quería el seguro de guerra Nikolai, él quería que yo fuera el caballo de Troya que te destruyera desde el corazón —dije, mi voz