CAPITULO 22

El viento aullaba entre las rendijas de la vieja madera de la cabaña, un lamento constante que parecía recordarnos que, aunque habíamos ganado unas horas de ventaja, las montañas rusas no perdonan a los intrusos, me encontraba sentada frente a la chimenea, observando cómo las llamas devoraban los troncos con una voracidad que envidiaba, mientras Nikolai, en silencio, limpiaba su arma con una precisión que rozaba lo obsesivo, el calor del fuego empezaba a devolverme la sensibilidad a los dedos,
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