LIAM
Miro la pantalla de mi teléfono por quinta vez en una hora.
Nada.
No hay un mensaje. No hay una llamada.
Solo este vacío.
Y su silencio.
Recuerdo su partida esta mañana. Sus gestos demasiado lentos. Ese beso abortado. Su mirada que no me ve realmente. Debería haberla detenido. Agarrarla por la muñeca, retenerla contra mí. Pero respeto su espacio. Porque la amo.
Y tal vez también porque soy un imbécil.
Marco su número de nuevo. Un tono. Dos. Tres. Buzón de voz.
— Hola, has llegado al buzón