Regreso a la verdad

Capítulo 1: Regreso a la verdad

El zumbido constante de los motores del avión se mezclaba con los murmullos y risas contenidas de mis hijos mientras descendíamos por el pasillo hacia la salida. A mi lado, ellos se aferraban a mis manos con fuerza, como si de esas pequeñas manos dependiera toda su seguridad. Mis tres tesoros: Calíope, la mayor, ella nació primero, con sus rizos oscuros y ojos que ya reflejaban la curiosidad de su madre; Evdokía, la mediana, risueña y obstinada como lo era su padre a sus casi cinco años, con un brillo en la mirada que nunca se apagaba; y Dimitrios, mi pequeño que sostenía mi mano con la firmeza de quien siente que todo en el mundo puede cambiar de un instante a otro.

El aeropuerto se extendía ante nosotros como un mundo nuevo que descubrir, gigantesco y abrumador para alguien como yo que no soportaba el ajetreo del lugar. Ellos nunca habían visto un lugar tan grande como este, ni siquiera en Londres. Mis hijos lo observaban todo con los ojos abiertos de par en par y yo sonreía al ver la sorpresa en sus miradas.

— Mamá… ¿Cuándo veremos a la tía Kiara? —preguntó Calíope, con esa mezcla de inocencia y urgencia que solo los niños pueden tener.

— Lo haremos en cuanto pasemos el chequeo, cariño — respondí, intentando mantener la calma mientras controlaba mis propios nervios — Sin embargo, mientras eso sucede, debemos permanecer juntos. Ninguno de ustedes se separa de mí en ningún momento ¿Entendido? — pregunté mientras los miré seriamente, notando que asintieron, aunque sus ojos brillaban con emoción.

La fila avanzaba lentamente como siempre y cada paso que daba me acercaba no solo a la salida del aeropuerto, sino a ese mundo que me había arrancado todo lo que amaba. Sentí que el aire se volvía más denso con cada metro recorrido, y con cada mirada curiosa de mis hijos me recordaba por qué había luchado y por qué ahora regresaba a este lugar. Mi regreso no era solo por mí. Era por ellos, por nuestra vida, y por la verdad que Artemis Stavros y todos los demás habían intentado enterrar.

— No se separen de mí por nada del mundo, no quiero perderlos entre tantas personas —repetí, esta vez en un susurro firme mientras sentía el calor de sus manos unidas a las mías. 

Calíope me lanzó una sonrisa cómplice de quién en realidad quiero hacer una maldad, como si comprendiera más de lo que decía mi voz. Finalmente, después de un rato pasamos el control de seguridad y los trámites aduaneros sin ningún problema. Fue ahí que un oficial nos indicó que podíamos continuar, y respiré profundamente intentando soltar el nudo que sentía en el estómago. Mis hijos me miraban fascinados, señalando cada detalle que veían: los carteles luminosos, las cintas transportadoras de maletas, las personas que caminaban apresuradas y cada rostro desconocido que se cruzaba en nuestro camino.

— Mira, mamá, ¡Todo es enorme! — exclamó Dimitrios, saltando un poco mientras señalaba las alturas del techo — Es todo más grande que Londres.

— Sí, mi amor, lo es —respondí, acariciando su cabello con suavidad — No obstante, recuerda esto, aquí estamos juntos y eso es lo más importante. No importa si todo es más grande o más bonito, ya que lo verdaderamente importante y valioso lo tenemos en el corazón.

Al girar hacia la salida y ver la puerta a pocos metros de distancia, el aire fresco que entraba por las puertas automáticas me golpeó con fuerza. Por un instante, el mundo parecía haberse detenido: el bullicio del aeropuerto, los anuncios, las personas caminando con prisa, todo desapareció ante la sensación que recorría mi cuerpo y fue entonces que la escuché. 

Esa voz que podía reconocer incluso en la distancia más lejana, entre multitudes, con el sonido de mil ecos alrededor. Una voz que me había hecho temblar de deseo y de miedo al mismo tiempo. Una voz que nunca pensé volvería a escuchar O al menos no hasta el momento sin que mi corazón se encogiera.

— Nerina…

Mis pasos se detuvieron en seco en ese preciso momento y mis hijos, desconcertados, tropezaron ligeramente con mis pies. Los giré hacia mí intentando mantener la calma, pero mi mente estaba paralizada por el sonido inconfundible de esa voz. Esa que pertenecía nada más y nada menos que a Artemis Stavros.

Mi cuerpo se tensó como si hubiese quedado de piedra. Cada recuerdo, cada herida y cada traición que había sufrido a su lado volvió de golpe, mezclándose con la adrenalina de tener a mis hijos junto a mí. Mis ojos, por instinto, buscaron entre la multitud y allí lo vi, ahí estaba: Artemis, de pie, como si el tiempo no hubiera pasado, como si nunca hubiera existido el dolor tan grande que él me provocó.

No había palabras que yo pudiera decir en ese momento. Solo estaba la certeza de que aquel hombre, que antes había sido mi mundo y luego mi tormento, estaba frente a mí. Y yo, Nerina Vassiliou, arquitecta, madre y mujer marcada por la injusticia, sabía que este encuentro no sería el mejor de todos.

Mis hijos no entendían nada de lo que pasaba a su alrededor, pero yo sí. Todo lo que había planeado, cada paso que di desde que puse un pie fuera de Grecia, cada sacrificio y cada decisión, me había llevado justo a este momento. De esa misma manera mientras Artemis me miraba sorprendido, con la misma intensidad de siempre, supe que nada volvería a ser igual a partir de este momento.

— No… no puede dejarte vencer — susurré para mí misma, aunque la voz se mantuvo firme—. Esto es solo el principio de la gran batalla que tendrás que liderar.

Mis hijos, ajenos a la carga de mi corazón, me apretaban las manos y yo apreté las suyas con fuerza, prometiéndome a mí misma que esta vez no habría huida. Que esta vez, yo decidiría cómo debía terminar esta historia y el rumbo que tendría mi vida. Además, estaba decidida a no dejar que mis hijos tuvieran por padre a un hombre que no confió en mí y que ante la primera oportunidad que tuvo dudo del amor que yo sentía por él.

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