Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 2: Encuentros que cortan la respiración
Me quedé completamente petrificada, como si mis pies estuvieran pegados al suelo y el aire mismo se hubiera vuelto pesado a mi alrededor. La voz de Artemis Stavros, clara, firme y familiar, me había atravesado el pecho con la fuerza de un relámpago. Mis hijos, ajenos aún a la magnitud de lo que ocurría, se aferraban a mis manos y al brazo con una mezcla de curiosidad y necesidad de protección, sin saber que aquel hombre que estaba frente a nosotros había sido mi mundo y mi tormento al mismo tiempo. El mismo que a su vez había ayudado para crearlos.
Artemis me miraba con gran intensidad, con una mirada que no dejaba espacio para la indiferencia. Sus ojos oscuros recorrían mi rostro y luego bajaban al de mis hijos, como si intentara descifrar un enigma que no esperaba encontrar. Por instinto, retrocedí, marcando mi espacio, recordándole a mi cuerpo y a mi mente que yo ya no era la mujer indefensa de hace cinco años. Sin embargo, cada centímetro de mi ser estaba en alerta; podía sentir la tensión en el aire, esa electricidad incómoda que se forma cuando dos fuerzas igual de intensas se encuentran después de un tiempo que parece eterno.
Artemis dio un paso hacia mí, y yo retrocedí un poco más, dejando claro que no estaba dispuesta a ceder parte de mi terreno sin pensarlo. Sus pasos eran medidos, calculados, y en el silencio que nos rodeaba, su voz finalmente rompió la tensión.
— Nerina ¿Realmente eres tú? — preguntó, con su tono mezclando incredulidad y total sorpresa.
En ese momento una sonrisa sarcástica se dibujó en mis labios, porque ¿Qué otra cosa podía hacer? Solo podía responder con la verdad ante esa pregunta, aunque esta estuviera cargada de ironía:
— ¿Quién más sería si no fuese yo? — dije, con voz firme, dejando que cada palabra retumbara en el espacio entre nosotros.
Por un instante, el mundo pareció detenerse. Sin embargo, una mujer desconocida, alta, de cabello trigueño y figura armoniosa, apareció casi justo a nuestro lado y luego sujetó el brazo de Artemis como buscando llamar su atención.
— ¿Conoces a esta mujer Artemis? — preguntó la desconocida, con sus ojos curiosos y sus labios tensos.
Mi estómago se revolvió alistando. Aquella pregunta, aparentemente inocente, me recordó la escena que había quedado grabada en mi memoria durante todos esos años: los días en que Artemis dudó de mí y los días en que la traición falsa de un rumor me destruyó. Sin embargo, no podía dejar que mis hijos percibieran mi desasosiego. Así que respiré hondo y mantuve la compostura que había mantenido en mi imagen todos estos años.
Fue entonces cuando mi pequeña Calíope, con su curiosidad propia de una niña que empieza a descubrir el mundo, me miró y preguntó:
— Mamá… ¿Conoces a ese apuesto señor?
Mi corazón dio un vuelco Al escuchar como mi hija lo había llamado. Sin embargo, lo que más me afectó fue la manera en que ella pronunciaba la palabra “mamá” haciendo que Artemis se girara inmediatamente hacia nosotros, con los ojos completamente abiertos, como si todo el tiempo que nos separaba se desvaneciera en ese instante aún más.
—¿Esos son… son tus hijos? — preguntó, con la voz temblorosa apenas perceptible, como si no pudiera creer lo que sus ojos veían.
No podía permitir que aquello se interpusiera entre nosotros ni que volviera a juzgarme o a cuestionarme. Por ese motivo con firmeza, le respondí, dejando que mi voz sonara tan fría como debía:
— Lo siento, pero eso no es problema tuyo. Te sugiero que sigas con tu camino y nos dejes en paz.
Sus cejas se arquearon al escuchar, y por un instante pensé que me dejaría ir, pero no lo hizo. No podía. Su impulso de controlar y su necesidad de tener respuesta ante cualquier sorpresa que surgiera lo mantenía allí, parado frente a mí y entonces lo dijo: hizo la pregunta que en realidad no tenía que hacer.
— ¿Estos niños… son hijos de mi primo? — sus palabras cayeron como piedras en un lago tranquilo, haciendo que mi pasado emergiera con fuerza, con cada recuerdo de la acusación que nos separó, con cada lágrima que derramé cuando él creyó en aquella mentira absurda que había arruinado nuestra vida juntos.
Mi sangre hirvió de inmediato. El tiempo retrocedió, y pude ver de nuevo aquel salón, aquel momento donde él me acusaba de traición, de ser la amante de alguien que jamás había sido ni podía ser. Todo volvió a mí en un instante: la injusticia, la humillación y la impotencia.
— Eso no es problema tuyo — dije, con voz firme y controlada, aunque la rabia se reflejaba en cada sílaba — Sin embargo, para tu tranquilidad y si de verdad quieres saber, te diré que estos niños son míos y de nadie más.
El silencio que siguió después fue casi insoportable. Artemis se quedó mirándome, como si buscara algún indicio de mentira, algún resquicio por donde pudiera colarse para poner en duda mi palabra, pero no había ninguno. Mis hijos estaban allí, riendo entre sí, curiosos, ajenos a la historia que se desarrollaba frente a ellos, y ese hecho me dio fuerza.
Fue entonces cuando escuché su voz. La voz de mi mejor amiga, mi confidente, y la tía por elección de mis hijos, no por sangre; pero como: Kiara.
— ¡Nerina! ¡Ahí están ustedes! — exclamó entusiasmado, hasta que vio la situación en la que me encontraba.
Los niños reaccionaron de inmediato al verla, soltando mis manos y corriendo hacia ella con la alegría que solo los pequeños saben mostrar. Calíope saltó a los brazos de Kiara, mientras Evdokía y Dimitrios se abrazaban a su pierna con entusiasmo desbordante. Yo respiré profundamente, dejando que la calidez de la escena me devolviera la compostura y me permitiera desviar la atención de Artemis, que aún me observaba con esa mezcla de sorpresa, incredulidad y algo que no quise analizar en ese momento.
Kiara se acercó a mí, rodeándome con un abrazo breve, pero firme, y susurró:
— Tranquila, Nerina. Ya están a salvo.
Yo asentí, sintiendo cómo su presencia actuaba como un escudo, protegiéndome de todo lo que Artemis podía significar en aquel momento. Los niños seguían pegados a ella, felices y confiados, y por un instante, el mundo volvió a girar a pesar de los problemas.
Artemis, sin embargo, no se movió. Seguía allí, observando, intentando entender, y yo sabía que aquel encuentro no sería el último. No obstante, en ese instante, con mis hijos seguros y Kiara a mi lado, sentí una chispa de alivio. La batalla apenas comenzaba, pero yo estaba lista.
— Vámonos — dije finalmente, tomando a Dimitrios de la mano y guiando a mis hijas hacia la salida — Ya aquí no hay nada más que nos interese.
Artemis me miró una vez más, con sus labios apenas entreabiertos como si quisiera hablar, pero no lo hizo. Esta vez, yo tenía el control. Esta vez, él no podía imponer su juicio ni sus mentiras sobre mi vida ni sobre mis hijos. De esa manera mientras nos alejábamos, mis pasos firmes resonaban en el gran hall del aeropuerto, marcando el inicio de un regreso que cambiaría todo. El pasado me esperaba, pero también la justicia que estaba decidida a obtener y aunque Artemis Stavros permaneciera allí, con la sorpresa y la incredulidad pintadas en su rostro, yo sabía que ya nada volvería a ser igual.
Mis hijos, mi fuerza, y la verdad que llevaba conmigo serían mi escudo y mi espada en la batalla.







