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Estaba encerrada en mi habitación hacía media hora. Podía escuchar los murmullos de mi familia, todos cargados de preocupación. Mientras miraba las telarañas que había debajo de mi cama, miles de escenas venían a mi mente, unas más terroríficas que otras. El sudor recorría mi espalda, aun cuando el frío del suelo de cerámica refrescaba mi cuerpo. La sangre que salía de entre mis piernas era más espesa y caliente de lo normal; aquello me preocupaba, pero me quedaba en silencio mientras esperaba por ella. Dejé salir una enorme bocanada de aire y las lágrimas amenazaron con brotar. Tragué el bulto en mi garganta, reprimiendo mis emociones.
Solía meterme debajo de la cama. Era mi espacio seguro. Mi madre decía que solo quería llamar la atención. Me reí a solas luego de escucharla; era mi mamá, pero ni siquiera me conocía. A mis hermanos no les importaba, y mi papá estaba demasiado ocupado tratando de ocultar a su amante. Pequeños huevos de cucaracha cayeron sobre mi camiseta, y una sustancia negra y pegajosa se incrustó en mis uñas.
Los murmullos de la familia aumentaron y, tan pronto como detecté sus pisadas, contuve el aliento. Algo pasaba en ese momento. Mis sentidos se pusieron en alerta máxima, pero no me moví. No moví ni un solo músculo. Todavía no. Ella entró como un huracán, barriendo todo a su paso. Todo se movió en cámara lenta y, cuando la sentí cerca, mis ojos encontraron su rostro: un rostro conocido, pero a la vez extraño. No pude evitarlo, dos lágrimas se derramaron de mis ojos. Aquí vamos.
Haló con fuerza mi cabello largo y me arrastró hacia fuera mientras un dolor punzante se instalaba en mi estómago. A pesar de que había mucho ruido alrededor, el golpe en mi mejilla resonó. Mi cabeza se balanceó con fuerza hacia un lado; apreté la mandíbula y el calor del impacto se propagó por mi cuerpo. Mi mejilla ardía y el dolor de cabeza no se hizo esperar. Ella me miró con furia, con palabras hirientes saliendo de su boca. Me moví involuntariamente hacia un rincón, resbalando con mi propia sangre.
—¡Eres una mujerzuela, Alina! —escupió con furia—. Es tu maldita culpa que estemos pasando de nuevo por esta vergüenza. Te vas a vivir con tu abuelo. De ahora en adelante no quiero verte a menos que te comportes como una mujer decente. No quiero una llamada de tu abuelo diciendo que no eres una buena niña. Recuerda que tienes obligaciones. Si me entero de que andas tonteando por ahí con los hombres, voy a ir por ti, y una bofetada no será suficiente para meterte en cintura.
—Mamá, llévame al hospital —supliqué con manos temblorosas— No dejo de sangrar y me duele el estómago.
Inspiró profundo, pateando mis pies casi inertes sobre el suelo.
—Ojalá te mueras, Alina. Espero que te desangres ahí tirada, así podré levantar mi cabeza con orgullo. Después de lo que nos hiciste, no mereces más que morir.
Mi corazón se apretó ante sus palabras y musité antes de dejar salir las lágrimas:
—No es mi culpa.
—Claro que sí. Siempre ha sido tu culpa. Eres igual que tu padre —expresó, mirándome con asco— Tienes menos de veinte minutos para recomponerte. Tu abuelo espera por ti.
Salió dando un portazo y me quedé observando fijamente la puerta.
«No quiero morir así», pensé antes de levantarme con piernas temblorosas e ir al baño. Después de varios minutos intentando limpiar mis piernas, llamé a la farmacia y pedí algunos medicamentos. No tenía idea de si iba a funcionar, pero no les iba a dar el gusto de morir; por lo menos, no así.
Empaqué solo lo necesario y, antes de salir hacia mi nueva vida, observé a mi alrededor el espacio que contenía tanta oscuridad. Hacía dos años que mi habitación había dejado de ser un refugio para convertirse en una trampa nocturna cuando mi tío volvía borracho. Pero cuando busqué ayuda en mi madre, ella prefirió llamarme mentirosa; prefirió odiarme a mí antes que destruir la fachada de su perfecta familia.
Las últimas palabras de mi hermana mayor antes de irse a México se repetían en mi mente como un mantra: “Ya eres una mujer adulta, Alina, más te vale hacer lo que diga la familia; de lo contrario, estarás viviendo una vida miserable, igual que la mía. Sé inteligente y elige cuáles batallas puedes dar y ganar”







