Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl salón de clases se sentía vacío a pesar de los treinta y cinco compañeros que me rodeaban. A mi lado, Samara escribía como loca la tarea de microbiología. Ya había preguntado por William cuatro veces. Cada vez que me miraba preocupada por su inasistencia, me entraban unas ganas horribles de encerrarme en el baño a llorar. Mi mente se perdió en el recuerdo de la noche anterior y mi pecho se apretó dolorosamente. Las palabras del abuelo se repetían una y otra vez en mi cabeza y visualicé todo, como si todavía estuviese en aquel lugar…
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté con suspicacia.
—Acércate, hija.
Con paso vacilante llegué hasta él. Colocó una mano en mi espalda y me empujó hacia el interior de una habitación enorme. Siempre me había preguntado qué escondían en ese sector, pero jamás imaginé encontrar un granero transformado en un quirófano improvisado. Tenía todo lo necesario para una operación clandestina. Al fondo, bajo una luz tenue, se distinguía una camilla. Había alguien acostado allí.
—Abuelo, ¿por qué tienes esto aquí?
—Alina, esta noche quiero que demuestres por qué eres la mejor de la clase —añadió en tono burlón—. Hay alguien esperando que le hagas una autopsia. Con solo verlo, descubrirás cómo murió.
Un frío terrible me recorrió la espina dorsal. Retrocedí un paso, aterrorizada.
—Abuelo, no puedo hacer tal cosa.
—Claro que sí, mi niña. Pon a prueba tus conocimientos. No tengas miedo, murió hace tres horas y mis hombres ya lo limpiaron para ti.
Me tomó de la mano a la fuerza y me arrastró hasta los pies de la mesa de metal. Cuando mis ojos enfocaron el rostro de la víctima, todo mi mundo se vino abajo.
Ahogué un grito. Las piernas me fallaron y caí de rodillas, llorando sin consuelo.
—Oh, Dios mío... Mataste a William —murmuré sollozando—. Lo mataste. ¿Por qué?
—¡Levántate! —rugió él, tomándome del brazo con una fuerza brutal—. ¡Nunca te pongas de rodillas ante nadie, Alina! ¡Haz tu trabajo!
Me obligó a mirar el cuerpo destrozado de mi compañero de clases. Tenía el rostro amoratado, las costillas hundidas por la golpiza y restos de sangre negra saliendo de sus oídos y nariz. Se me revolvió el estómago. Jamás pensé que mi primera práctica real sería cortar y abrir al único hombre por el que alguna vez sentí atracción.
—Abuelo, no creo poder...
—Hazlo, Alina —ordenó con una frialdad que me congeló la sangre—. Tienes todos los instrumentos ahí. Cuando termines, únete a nosotros en la cena. Y ni se te ocurra huir, toda la casa está vigilada.
¿Cómo pude hacer algo así?
— ¿Alina?
Parpadeé varias veces escuchando mi nombre, pero no pude reaccionar. El rostro de William estaba en mi mente nítido y sonriente.
— ¡Alina, despierta! — exclamó Samara, mirándome con el ceño fruncido— ¿Estás bien? Pareces a punto de desmayarte.
Carraspeé, nerviosa, asintiendo a nada en particular. Intenté sonreír. Sin embargo, la expresión de Samara me decía que mi sonrisa era totalmente macabra.
— No te ves bien, amiga. ¿Quieres salir a tomar aire fresco? Aprovechemos que el profesor todavía no llega.
—Necesito ir al baño —murmuré entrecortado antes de levantarme a toda prisa.
— ¡Alina, espera!
En cuanto me encerré en el cubículo del baño, vomité todo lo que pude. Esta vez, las pastillas para la ansiedad no estaban haciendo efecto. Odiaba el hecho de estar cerca de Samara. Ella no tenía idea de la clase de persona en la que me había convertido anoche. No podía enfrentar su mirada sin sentir que me quemaba por dentro. Ni siquiera debí asistir hoy a clases, pero mi madre insistió hasta el punto de amenazarme con contarle todo a ellos. Teniendo en cuenta el odio tan profundo que sentía hacía mí, no podía arriesgarme.
A la hora del almuerzo decidí acercarme a la cafetería por un poco de agua. A pesar que el ambiente estudiantil era de completa felicidad, a mi lado Samara y Fabricio continuaban discutiendo sobre las clases y todo el ajetreo que se avecinaba con los exámenes. Quise integrarme a la conversación, pero mi estado de ánimo era tan voluble que no pude concentrarme en nada más que en mi propia lucha interna.
En un punto, cuando ellos parecían haberse calmado un poco, Fabricio decidió mencionar a William e irremediablemente mi corazón saltó con temor.
—Alina. Hablemos de tu cita de anoche con William. No has comentado nada. ¿Cómo salió todo? ¿Tu familia que dijo?
Pánico se atoró en mi garganta.
—Alina, ¿qué pasa? Estás pálida —Dijo Samara con preocupación.
—No pasa nada —respondí con rapidez, evitando sus miradas— William recibió una llamada a última hora y se fue a su casa. Después de eso no supe más de él.
No toleré seguir mintiendo. Me levanté como un resorte y prácticamente hui hacia el estacionamiento. En cuanto me encerré en el auto, exploté. Lloré y grité a todo pulmón. Intenté respirar pausado, pero fue en vano. Estaba perdiendo la cordura. No tenía idea de como iba a continuar con mi vida si tenía que ver a mis amigos y mentirles cada vez que nos viéramos. Era parte de una familia de asesinos. Yo misma había sido testigo de ello.
¡¿Cómo se puede vivir con algo así?!
De pronto, el sonido del móvil se filtró en la bruma de mi desesperación y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para responder la llamada.
— ¿Hola? — murmuré sin aliento con los ojos cerrados intentando calmar el latido errático de mi corazón.
—¿Faltaste a la última clase? —preguntó furiosa mi madre— El escolta dice que estas en el estacionamiento. Devuélvete de inmediato, Alina. Si te veo en esta casa antes del horario regular, te encierro por tres semanas sin comida, ¿escuchaste?
La línea se cortó y en ese mismo instante el enorme guardaespaldas golpeó la ventanilla de mi auto con brusquedad. El pánico se transformó en pura rebeldía. Encendí el motor, pisé el acelerador a fondo y salí derrapando del estacionamiento, dejando al hombre atrás. Conduje por la ciudad superando el límite de velocidad, lanzando el teléfono al asiento trasero con furia. Necesitaba que la adrenalina reemplazara el dolor con cualquier cosa que me permitiese olvidar la atrocidad que había hecho anoche.
Las calles comenzaron a verse borrosas a medida que apretaba el acelerador. Estaba tan cegada por la rabia, que no vi la silueta atravesándose en el camino. Maniobré el volante con desesperación. Los neumáticos chirriaron y perdí el control. Mi cabeza golpeó contra la ventanilla justo antes de que el auto se estrellara contra el tronco de un árbol, el airbag se activó de inmediato haciendo que mi cabeza rebotara de un lado a otro.
Con la visión borrosa y el olor a gasolina inundando el aire, vi a un hombre correr hacia mí. Forzó la puerta con una fuerza impresionante y me sacó en brazos, dejándome con delicadeza sobre el asfalto.
—¿Te encuentras bien? — Preguntó con voz firme y profunda— M****a. Tienes un golpe en la frente. ¿Puedes oírme?
Intenté mantener el conocimiento y lo miré fijamente. Era un joven sumamente apuesto, de unos veintisiete años más o menos. Cabello castaño y ojos oscuros. Tenía moretones, cortes en la frente y un fuerte golpe en la mandíbula. Preocupación brillaba en sus ojos y casi tuve el impulso de reír. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien me miraba de esa manera.
—¿Puedes escuchar mi voz? — continuó él—Necesitas una ambulancia, pero creo que perdí mi teléfono —murmuró con fastidio, rebuscando en su chaqueta maltratada— Lo siento tanto. No debí atravesar el camino sin mirar. Unos tipos me venían persiguiendo y era mi única forma de huir. Lo siento.
—Estoy bien... creo —contesté en un susurro tembloroso— Gracias por salvarme.
Él sonrió, mostrando una hilera de dientes casi perfectos que me hizo olvidar el mareo por un segundo.
—No me des las gracias. Por mi culpa casi mueres. Creo que no te pasó nada grave. Aun así, hay que largarnos de aquí. Este barrio es peligroso y en cualquier momento aparecen esos tipejos. Joder, pero tu auto no va a funcionar —comentó con una mueca, y luego observó mi uniforme—¿Eres doctora? Podrías decirme como ayudarte. O si prefieres esperar aquí mientras consigo ayuda.
— Estudio medicina. Todavía no me he graduado. Yo estoy bien. No te preocupes. Estoy algo aturdida, pero es normal. Tú si pareces muy mal. Alguien te dio una paliza, ¿cierto?
— Bueno, sí. Un poco. Ya que eres doctora… ¿Podrías echarles un ojo a mis costillas antes de que busquemos ayuda? Me dieron un par de patadas y creo que las tengo fracturadas.
Me sorprendió la familiaridad con la que se dirigía a mí, pero aun así accedí. Se quitó la camisa en un instante, revelando un torso de músculos firmes y piel bronceada. Me incorporé un poco y toqué su abdomen con cuidado, inspeccionando la inflamación.
—No hay fracturas —determiné, intentando disimular mis nervios— Pero son golpes que requieren reposo y analgésicos. Deberías ir a un hospital.
—No puedo, tengo que trabajar —respondió con una sonrisa que hizo revolotear mariposas en mi estómago— Estaré bien. ¿Tienes un teléfono que podamos usar para llamar a la ambulancia? No quiero dejarte aquí. Aunque digas lo contrario, necesitas que te revisen.
—En el auto. Allí está mi teléfono— murmuré, cerrando los ojos ante el dolor de cabeza palpitando en mi sienes.
Durante todo el tiempo antes que llegara la ambulancia, él se quedó a mi lado. La adrenalina había desaparecido, remplazada por la bruma de tristeza que traía en el pecho desde ayer. Estuvimos en silencio hasta que vimos aparecer la grúa y pocas horas después, estaba siendo revisada por una enfermera.
—Muchas gracias por frenar y no matarme, niña millonaria —bromeó él luego de ser atendido también— De nuevo te pido disculpas por mi imprudencia.
—No me llames así —repliqué, logrando sonreír— No tengo dinero, créeme. Y ya no sigas disculpándote. Yo también tuve la culpa al venir conduciendo de forma tan temeraria.
El desconocido sacudió la cabeza, acortando la distancia entre los dos de una manera peligrosamente magnética. Levantó mi barbilla con su dedo y fijó sus ojos oscuros en los míos.
—Tu perfume grita dinero, al igual que la suavidad de tu piel. Conduces un Mercedes Benz de última generación y tus manos son demasiado delicadas. Por supuesto que eres una niña millonaria. Debo decir; las chicas como tú son adictivas y muy peligrosas.
Me removí inquieta ante su mirada intensa y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
—Lo dices como si fuese algo malo—susurré con voz temblorosa, completamente atrapada por su presencia.
— Digamos que no es ni bueno ni malo— dijo sonriendo con una expresión llena de arrogancia— Te veré por ahí, niña millonaria.
Estuve a punto de hablar, pero se alejó con pasos rápidos, dejándome completamente confundida y con una sensación extraña construyéndose en mi pecho.







