El insomnio de Valery no tenía forma, ni límite, mucho menos tregua, era como un veneno que se filtraba entre sus pensamientos y la dejaba en un estado de alerta constante.
Sentada en el sofá del salón, inmóvil, con las piernas cruzadas sobre el terciopelo burdeos que rozaba su piel como un susurro antiguo, percibía aún el tenue aroma a sándalo que impregnaba el lugar, por el excesivo uso de incienso.
El calor residual de una chimenea ya apagada le acariciaba las pantorrillas, mientras sus dedo