El bosque dormía, envuelto en un silencio antiguo y sagrado, como si el mismo tiempo contuviera el aliento. Nora caminaba detrás de Leonardo, flanqueada por dos guardianes de la manada, cuyas sombras se proyectaban largas bajo la luna. La tierra crujía bajo sus pies descalzos, húmeda por el rocío nocturno. Un escalofrío le recorrió la columna, y no supo si era por el frío o por el miedo.
El Lago Aeluin apareció entre los árboles como un espejo encantado. Su superficie estaba tan quieta que refle