El eco del jade roto aún parecía vibrar en las paredes de la gran sala, como un recordatorio cruel de lo que se había perdido. Las antorchas crepitaban con su fuego anaranjado, pero ni siquiera su calor lograba disipar el frío que se había instalado en los corazones de los presentes. La imagen de Gabriela despreciando el regalo ofrecido por manos humildes quedó grabada como una herida colectiva en la memoria del clan.
Esa noche, mientras el banquete ordenado por la nueva Luna se preparaba con p