El sol ya había cruzado la mitad del cielo cuando Leonardo apareció en la puerta de la cabaña de Nora, su presencia sólida y tranquila como siempre. Ella estaba sentada en el borde de la cama, recogiendo con lentitud el cabello que aún conservaba humedad de la ducha. El cansancio del entrenamiento la pesaba en los huesos, un cansancio profundo que no se había marchado con el descanso de las horas.
—Nora —dijo Leonardo con voz firme, pero sin prisa—. Es hora de almorzar. Vamos a la mesa común de