El día había llegado.
Desde mi habitación, los sonidos que se filtraban a través de los muros del palacio me recordaban a los días de festival: voces que subían y bajaban en un murmullo constante, risas nerviosas, pasos apresurados que hacían crujir los suelos de piedra, el roce metálico de las armaduras, el traqueteo de los carruajes llegando a los portones principales.
Una sinfonía caótica que, en cualquier otro momento, habría sonado alegre.