—Necesito acceder al almacén.
Sus cejas se alzaron un poco; bastó ese gesto para desenmascarar la sorpresa. Me examinó con intensidad, luego frunció el ceño, dubitativo.
—Señorita... —murmuró, vacilante.
No insistí.
Sabía que no debía forzarlo.
El silencio que siguió fue breve, pero pesado de sentido. Algo cambió en su mirada: un brillo de resolución se asomó, y tras unos segundos de deliberación, asintió.
—