El reloj del salón marcaba el paso del tiempo con una lentitud insoportable.
Cada segundo caía como una gota de plomo, estirándose hasta doler.
Finalmente, cuando Uriel terminó de saciarse de vino y arrogancia, dejó su copa sobre la mesa con un suave clic. El sonido, tan leve, retumbó en mi cabeza como una advertencia.
Lo vi levantarse.
Su silla crujió, y el ruido fue la campanada de algo que estaba por comenzar.
Avanzó ha