Traté de contenerme.
De verdad lo intenté.
Quería mantener la calma, no ceder ante sus provocaciones.
Pero las palabras brotaron antes de que pudiera detenerlas, impulsadas por la rabia que ardía bajo mi piel. Para cuando me di cuenta, ya había hablado.
—No estoy asustada —dije, con una firmeza que incluso me sorprendió—. Estoy furiosa. Me enfurece estar sentada en una mesa llena de