Esa noche para Pilar no hubo llanto, aunque Ares la observó con cautela, pues tenía miedo, pero Pilar no se veía dolida ni tampoco se la veía aturdida, más parecía la confirmación de un examen, como cuando uno es adolescente y sabe que el resultado no será bueno, y aun así guarda las esperanzas hasta el último segundo, pero cuando al fin se tiene el resultado entre las manos, no hay asombro alguno, sino más bien resignación.
Fue la primera noche en la que Pilar no esperó caer en la inconsciencia del sueño, para abrazarse a Ares, quien a pesar de la emoción que le provocaba aquel hecho, decidió mantener una distancia casi clínica, como si en lugar de ser un magnate de la construcción, fuese algún tipo de psicólogo o psiquiatra, y estuviese evaluando a Pilar.
A pesar de que pasaron varias horas, Pilar permaneció en silencio absoluto; ni una sola palabra, ni siquiera un suspiro de reproche. Se limitó a recostar su mejilla sobre el hombro de Ares, dejando que el reconfortante aroma del ma